jueves, 29 de octubre de 2009

Entrevista a Diana Bellesi




“Una de las razones por las que escribo más en El Tigre que en la ciudad, es porque paso mucho de mi tiempo libre en el ranchito que allá tengo. Pero hay otra razón, y es que no en vano elijo ese lugar. Allá reedito algo emocional de mi infancia. Es un ámbito campestre, rodeado por la naturaleza y con otra presencia de la voz humana. Me resulta afín ese espacio, arcaicamente afín. Un lugar donde la naturaleza, aún domesticada, se impone todo el tiempo.”


“Además del yuyerío y el bicherío omnipresentes en mi escritura, mi propia manera de mirar un pajarito, una florcita o un grillo, implica alguna clase de meditación y de enamoramiento a lo que yo llamo “sujeto”. Y si bien cualquiera se espantaría de pensar que una torcaza es un sujeto, yo pienso que tanto un árbol como un bichito tienen una autonomía que me permite a mí relacionarme con él. Por supuesto que no hay un ida y vuelta tan visible como lo puede haber con un gato o como lo hay con un ser humano, pero me encanta la actitud de acechar al pajarito de manera tal que él no se dé cuenta que estoy ahí y lo observo. Mientras acecho, mi cabeza trabaja, trabaja en el imperio de lo humano. Se le ocurren todo tipo de cosas, mira al pájaro y lo refrenda con ideas que, seguramente, no tienen nada que ver con lo que a él le pasa”.


“Al contemplar al gorrioncito en una rama, crece y crece la ilusión de creer que puedo mirar lo que él mira. Pero en ese campo de ilusiones también hay un esfuerzo por dejar caer mi ego personal y entrar al campo de ilusiones del otro, del gorrión en este caso”.

jueves, 22 de octubre de 2009

miércoles, 21 de octubre de 2009

Oración al ave



Ave llena de gracia, de color, de armonía,
con quien de niño fuera cruel: el alma mía
entona el "mea culpa" de los actos cruentos
- que hoy son el torcedor de mis remordimientos-
por el pájaro muerto, por el pájaro herido,
por el que hemos privado del amor de su nido,
y el nido que hemos roto, porque sí, torpemente,
sin pensar que era obra de un ser inteligente,
de un ser útil y bueno, todo ritmo y canción,
y que era el nido aquél su propio corazón;
sin recordar siquiera que es pecado, muy grave,
nada más que manchar el plumaje de un ave...

Así, por el amor que hoy palpita en mis versos,
quisiera redimirme de esos actos perversos
y, en virtud de ese amor, me fueran perdonados,
por el Dios de las Aves, todos esos pecados.

El teru-tero


El traje color picazo,
la pata, el puon y el ojo,
todos tres, del mismo rojo,
y en la cara negro trazo.

Vive a lo indio en el estero,
lleva a lo gaucho la vincha,
con una plumita pincha
y se sujeta el sombrero.

Como si un poncho invisible
del hombro se le cayera
y levantarlo quisiera
hace un esguince risible.

Una cuerpeada que pega
como atajándose de
un golpe que él sólo ve,
pero que nunca le llega.

Se alimenta con "bichitos",
anida siempre en el suelo,
y el blando ritmo del vuelo
lo acompasa con sus gritos.

Mas el grito que acompasa
se agudiza enloquecido
si un intruso, junto al nido
donde está incubando, pasa.

Grita, y planeando seguro,
grandes círculos describe
mientras, alternos, exhibe
pecho blanco y lomo oscuro.

Y exagera la algarada
lejos del sitio en que puso;
que así despista al intruso
y defiende la nidada.

En invernal mañanita
de escarcha o viento pampero,
en su Teru, teru, tero...
el campo entero tirita.

Guardián seguro y gratuito
que día y noche vigila,
cuanto ocurre lo ventila
de inmediato con su grito.

Y es más él, si se desvive
su propio nombre anunciando,
y parece que no vive
si no se mata gritando...

martes, 20 de octubre de 2009

Las aves nos saben (foto: Lito Ferrer)


Van las aves
sumergidas en el aire
volándonos a lo lejos.
Tan densos. Y riesgosos.
Tan de aquí mismo y atenidos
a los goces primarios
que sólo engendran la melancolía.
Y nos saben astutos
pero necios
capaces de agostar la distancia
antes de usufructuar el vuelo.
Quizás nos tengan lástima y por eso
regalándose a nuestros ojos ávidos
algo nos permiten de su aire.

jueves, 15 de octubre de 2009


Quiero esa fe de los pájaros
cuando se arrojan al aire.

Sembrando sentires


Canto V


- El ave canta y agrada
porque no se escucha
a sí misma.


- ¿Cómo sabes
que no se escucha
a sí misma?


- ... ¡Porque agrada!

Canto de chingolo


Pobre chingolito,
-vidalitay-
lo tomé del suelo,
no podía volar
-vidalitay-
porque estaba enfermo.

Con mi mano grande
-vidalitay-
con mi mano ruda,
le hice una caricia
-vidalitay-
por sobre las plumas.

No teniendo jaula
-vidalitay-
en donde ponerlo,
lo eché en la guitarra
-vidalitay-
y se quedó quietito.

Bitibío-bío
-vidalitay-
a la media noche,
bitibío-bío
-vidalitay-
lo oímos cantar.

Pero al otro día
-vidalitay-
lo encontramos muerto,
pobre chingolito
-vidalitay-
ay! vidalitay.

Y hoy mi guitarra
-vidalitay-
tiene nueva voz;
la del chingolito
-vidalitay-
que en ella murió.